CLUB SOCIAL SAN JUSTO
Fundado: 21 de Diciembre de 1919

Dirección: Av. Arturo Illia 2632 - San Justo - La Matanza - Buenos Aires.
Correo Electronico: clubsocialsanjusto@gmail.com
Actividad: SOCIAL - CULTURAL - DEPORTIVA - FOMENTO - PRO BIBLIOTECA

"Al Servicio de la Comunidad de San Justo y La Matanza"

domingo, 19 de enero de 2014

Los héroes solitarios

El último otoño, cuando le propuse a mi amigo el Dr. Carlos estudiar ajedrez, con la idea de emerger de nuestra rústica condición de jugadores de bar (Varela Varelita, viernes, 18.30), no había leído Muerte de reyes, de George Steiner (“La música, las matemáticas y el ajedrez son actividades maravillosamente inútiles, metafísicamente triviales e irresponsables. Se resisten a conectarse con el mundo y aceptar la realidad como árbitro”). Ignorantes, un viernes a las nueve de la noche entramos en la casona de Paraguay y Callao, cruzamos un pasillo con libros y apuntes anillados, y buscamos a nuestro profesor, Luis Scalise, ex compañero mío en Clarín, mítico personaje del Club Argentino de Ajedrez. No lo veía desde hacía trece años.
En el salón de la planta baja, entre hombres/escultura que sostenían sus mentones, pensadores de Rodin frente a tableros, lo reconocí de espaldas: Luis miraba una película en una computadora, sin sonido; un western, género que –lo supe después domina tanto como el ajedrez. Lo saludé con la mano. Ensanchó su sonrisa muda y con una mímica enfática, mezcla de saludo cordial y pedido de silencio, nos señaló el pasillo. Afuera, se sacudió un hombro, el otro, como si espantara mosquitos, y nos dijo: “Me llaman Caspablanca”. El mundo se divide, definitivamente, entre los capaces de reírse de sí y los incapaces.
Un misterio: parecía más sereno y feliz, aun, que en mi recuerdo. Subimos por una escalera de madera quejosa: en el descanso, un rey negro de medio metro y fotos de los campeones del mundo. En la planta superior, una atmósfera entre turfística y aristocrática. Las mesas de las finales Capablanca-Alekhine (1927) y Fischer-Petrosian (1971), con las piezas detenidas para siempre en la movida fatal o gloriosa, según la perspectiva. Hogares a leña, arañas, cortinas pesadas, juegos modelo Staunton, relojes dobles. Londres, siglo XIX, pensé. Y sin embargo, no sentí que aquel mundo fuera anacrónico ni ajeno.
Esa noche soñé con mi padre y su amigo Néstor jugando ajedrez: una escena real de mi infancia. Salvo que mi viejo, al que nunca vi fumar, sostenía un habano; y Néstor, con su cara vagamente anglosajona, vagamente equina, era Bobby Fischer y también Dick Van Dyke. Al despertarme, recordé una anécdota contada por Luis: el gran Najdorf, en Cuba, jugando simultáneas con los líderes de la Revolución. Diplomático, en un punto les ofreció tablas. El Che se negó: cayó dando batalla. Fischer, pensé por otro lado, era, a comienzos de los 70, el hombre que enfrentaba –sin más compañía que su genialidad y su locura– a la “poderosísima maquinaria soviética”. O eso, al menos, decían los medios.
Pero volvamos al presente. Desde aquella clase inaugural, con el Dr. aguardamos –como si fuéramos jóvenes, incapaces de presentir o, mejor, capaces de no presentir– el viaje de los viernes: Varela Varelita, colectivo 111, el hipertenso corazón porteño que se esfuma en Paraguay 1858, la sonrisa de Luis, nuestro generoso buda. El Club Argentino es, entre tantas otras cosas, una grieta en lo real. Un cosmos donde la elegancia puede prescindir de la vanidad; el coraje, de la autodestrucción; el lenguaje, de la palabra. Lo habitan héroes solitarios; algunos dirán antihéroes, da lo mismo. El Che, Bobby Fischer, el incesante Najdorf –que le daba 100 dólares al conserje para que no cerrara el club hasta las 6 de la mañana–, mi viejo, Néstor, el Dr. Carlos, los protagonistas de los westerns de Luis, Luis, sobre todo, y el resto de los ajedrecistas forman parte de lo que intento explicar.
A veces siento que los personajes del Club Argentino merecerían un documental. Me pregunto si sus extravagancias serán causa o consecuencia del ajedrez. La única certeza es que ahí se sienten –nos sentimos– a salvo de los fallos de la realidad. Preferible acatar los de Luis, que es árbitro internacional y nunca lastima. Dice Steiner:”Hay momentos mágicos en los que criaturas normales dedicadas a otra cosa, como Lenin o yo mismo, sienten la tentación de renunciar a todo –matrimonio, hipoteca, carrera o Revolución Rusa– para pasar días y noches moviendo pequeños objetos tallados, sobre un tablero cuadrado. Ante el tablero, aun cuando sea el más barato de los juegos portátiles de plástico, nuestros dedos se crispan y un leve escalofrío recorre la columna. Y no se trata de ganar dinero ni de obtener conocimiento o renombre, sino de un encantamiento autista, tan puro como los cánones invertidos de Bach o la fórmula de los poliedros de Euler”.
Por Miguel Frías
Fuente de la nota: Clarín.com 18-01-2014